Gerardo apoyaba su negocio de explotación sexual en Giovanna de
16 años, para que ella se encargara de reclutar a nuevas niñas; alertan
de un nuevo modus operandi entre los tratantes
De pie frente al hombre que la mantiene secuestrada,
Azul temblaba descontroladamente. No sabía si era de miedo o de rabia,
pero el cuerpo no le respondía mientras esa mirada furiosa recorría su
cuerpo. Había querido mantenerse entera, pero la orden de su captor la
hizo estremecer: haz “eso” que te ordeno o mato a tu hijo.
En cuanto escuchó ese deseo, quiso no haber rezongado y asumir la
golpiza que frecuentemente le propinaba Gerardo cuando uno de sus
informantes le decía que habían visto a Azul masticar chicle, bostezar o
hablar de más con alguien que pedía sus servicios sexuales en San Pablo, La Merced. Aquella tarde, alguien le dijo que la habían escuchado gemir de placer mientras “atendía” a un cliente. Eso también era motivo de una paliza.
Azul sabía cómo castigaba ese hombre: le gustaba
quitarse el cinturón, encender la estufa del departamento que compartía
con las mujeres que explotaba sexualmente, poner en el fuego la hebilla
metálica en forma de hoja de mariguana y usarla para azotar a niñas y
mujeres.
Harta de verse la espalda tiznada, una tarde Azul reclamó tanto sadismo hacia ella, cuya única “falta” fue enamorarse de Gerardo,
quien en un principio dijo llamarse Ricardo, que esa camioneta de lujo
era de él, que tenía negocios de edecanes en todo el país y que podía
sacar de la pobreza a cualquier chica, especialmente a una como ella,
nacida en una familia conflictiva de Córdoba, Veracruz.
Esperaba una bofetada, pero la respuesta de Gerardo la dejó atónita.
Estiró una pierna y le dijo: “Te perdono tu falta de respeto si me besas
los pies… o mato a tu hijo”. Azul tiritó. Ese hombre no bromeaba. Por
varios segundos, la muchacha de 19 años vaciló. “Además de matar a tu
hijo, de aquí te largas quemada, si no haces lo que te ordeno”.
Azul no tuvo alternativa. Frente a las muchachas convocadas para ser
testigos de la humillación, se puso de rodillas y besó el empeine de su
captor, ese hombre que disfrutaba calentar las puntas de los cuchillos e
introducirlos, hirviendo, en las vaginas de “sus” muchachas para castigarlas cuando no le entregaban, cada una, 4 mil pesos diarios por relaciones sexuales forzadas.
(Foto: Archivo EL UNIVERSAL)
“Es peor que el diablo. No tiene piedad del dolor que sientas, él
sigue pegando, te sigue humillando”, asegura Azul, frente a mí, libre,
después de ocho años de ser presa de Gerardo González González, quien
fue detenido hace año y medio, pero ahora está libre y aún opera en la
avenida Circunvalación y en el interior del país. “Es un demonio,
sonreía cuando nos torturaba”.
Gerardo apoyaba su negocio de explotación sexual en Giovanna.
Para que él no se involucrara en más enganches de mujeres, ella se
encargaba de atraerlas y conducirlas hasta la orilla del abismo.
La ayudante del diablo forma parte de una moda entre los tratantes: tenía 16 años.
Cambia modus operandi
Las bandas de explotación sexual han girado a un modus operandi que, hasta hace unos años, estaba prohibido en los códigos del crimen: reclutar a niños para engordar las cuentas bancarias.
Los padrotes viejos, incapaces de enamorar muchachas, ahora
usan a sus víctimas para ganarse la confianza de otras niñas y
convertirlas en presas. Una práctica que organizaciones contra la esclavitud sexual han advertido que se propaga como incendio por el país.
“Personalmente conocí el caso de Claudia. Ella tenía 16 años y fue
captada a los 12. Una de las cosas más indignantes y tristes que le tocó
realizar, porque tenían a su bebé en Tlaxcala, fue someter a una niña
de 14. A los 16, ella tenía que vigilar, enseñar posiciones, cuánto
cobrar, ser responsable si se escapaba. Más que la parte sexual, esta es
una de las cosas que más le avergüenzan”, dice Rosi Orozco, presidenta
de Comisión Unidos Contra la Trata.
Agrega: “Ahora, con los cambios que se han propuesto en la ley contra
la trata, se propone quitar agravantes al delito argumentando que son
‘medios comisivos’ (engaño, amenazas, abuso físico). Esto hace más
difícil el acceso a la justicia para las víctimas, porque ellas deben
demostrar los engaños y la violencia”.
Patricia Olamendi, designada por la ONU como experta independiente en el Grupo de Trabajo sobre Discriminación contra la Mujer, asegura que esta es una práctica propia del crimen organizado.
“Todas las áreas del crimen organizado tienen la particularidad de
usar a sus víctimas con fines ilícitos. Niños, niñas, mujeres, hombres
obligados a transportar droga, a transportar armas… en este caso a
esclavizar a niñas”, señala la autora de estudio Trata de mujeres en
Tlaxcala.
“Para la ley, se trata de víctimas y sus actos no tienen castigo.
Al contrario, deben recibir apoyo, restitución de daños, garantías de
no repetición, acompañamiento, no un expediente en algún Ministerio
Público que las revictimice”, afirma Jaime Rochín, integrante de la
reciente Comisión Nacional de Víctimas.
Red de corrupción
Azul recuerda a Giovanna con el cabello negro, delgada, pequeña y con
facciones infantiles. Esta última característica la hacía ideal, ¿quién
sospecharía de una invitación de una chica que luce como estudiante de
secundaria?
La misión de la ayudante del diablo era acompañar al padrote en sus
viajes, identificar a jóvenes vulnerables e invitarlas a trabajar con su
“jefe” en los lugares que conoció Azul: DF, Monterrey, Reynosa, Orizaba
y más. Les hablaba de jugosos ingresos, de una vida independiente, de
una ciudad donde las edecanes suelen brincar a los sets de la
televisión.
Ya enganchadas y obligadas a prostituirse, también debía enseñarles
el trabajo: cómo hacer un servicio rápido, entregar el dinero, poner un
condón, decirle a los policías que buscaban víctimas de trata que ella
estaba ahí por su voluntad.
“Giovanna apenas iba comenzando. Te dicen: ‘tú vas, la paras y tienes
que cuidarla. Si ves que se tardó en ir al baño, tienes que avisar al
padrote. Si ves que se tarda con un cliente, avisas’. Se vuelven
madrotas”, narra Azul.
(Foto: Archivo EL UNIVERSAL)
Victimaria para muchas, Giovanna era, en realidad, una víctima: también nació en Córdoba, donde la secuestró Gerardo a los 15 años. Según Azul, cuando la mamá empezó una campaña en 2010 para encontrarla,
el padrote la encontró colocando carteles y le vacío el cilindro de un
revólver. Le dijo a su nueva presa que si no se volvía ayudante,
ejecutaría al resto de la familia.
Mariana, quien a los 18 años fue explotada sexualmente por el hermano
de Gerardo durante un año y ocho meses en la calle en Sullivan, vio
hasta 10 ayudantes del diablo durante su cautiverio, y la más chica
también tenía 16 años.
“Se escucha poco de esto, pero es lo que hacen. Primero las
entrenan en otros lados, por ejemplo, San Luis Potosí o Guanajuato, y
luego se las traen al DF”, narra Mariana, quien los primeros
dos meses como secuestrada estuvo bajo la supervisión de Brenda, otra
víctima de Andrés González González, quien para romper su espíritu la
mantuvo encerrada con llave en una recámara en el barrio de Buenavista,
que sólo tenía un colchón y una sábana para cubrirse del frío.
Luego de varios meses obligada a prostituirse,
Andrés tenía otros planes para ella: “Él siempre me decía que en el
momento en que dijera, yo iba a ir por una chica, que la iba a entrenar.
Yo no le podía decir que no, porque si no era una golpiza”.
Días antes de que la hicieran enganchadora, un operativo la rescató
de la calle y puso a su padrote en el Reclusorio Norte, donde aún
permanece. Mariana sabría después, por las investigaciones en la Fiscalía de Delitos Sexuales de la Procuraduría del Distrito Federal, que sólo sería enganchadora temporalmente, pues ya tenían listos sus papeles para sacarla del país.
Volvería al trabajo sexual forzado, pero en Holanda, con ayuda de una
red de complicidades entre policías capitalinos, empresarios de giros
negros y agentes del Instituto Nacional de Migración.
Marcas de por vida
Madai recuerda que esos episodios la estremecían. Ocurrían en el Hotel Marín, en la calle Antonio Caso, o en “los departamentos verdes”, atrás de la delegación Cuauhtémoc, adonde llegaba después de 14 horas en Sullivan.
Ahí entregaba entre 3 y 10 mil pesos diarios a Saúl Herrera Soriano, el
padrote que la enamoró en Acayucan, Veracruz, le pidió ser su novia y
al traerla al DF la amenazó con matar a su familia si no hacía lo que le
ordenaba.
(Foto: Archivo EL UNIVERSAL)
“¿Creen que con esto me doy la vida que merezco? ¡Malagradecidas, a
ustedes las saqué del fango y así me pagan!”, gritaba Jorge,
insatisfecho con miles de pesos en efectivo en su mano.
Entonces, aquello comenzaba: si el padrote quería más dinero,
necesitaba más esclavas; le peguntaba: ¿Tienes hermanas?, ¿dónde
estudian tus amigas?
“Los mismos padrotes te preguntan: ‘dime, ¿quién es tu prima?
Enséñame una foto de ella; ¿quién es tu hermana?, ¿quiénes tus
familiares?’ Para luego ellos ir al lugar de donde tú eres y ‘ve,
búscalas, tráelas, engánchalas’.
“Conmigo, fue al grado de que me dijo: ‘Tu prima está bien buena,
pues deberías de conseguírmela’. Me lo dijo en una ocasión, pero yo a mi
familia no, y bendito sea Dios mis primas vivían muy lejos”, relata
Madai, quien pasó dos años secuestrada y calcula que sostuvo, al menos, 3 mil relaciones sexuales forzadas.
Rebelarse no tenía sentido con Jorge. Lo que dijera se hacía inmediatamente o más tarde, pero después de una golpiza.
Tenía, incluso, una técnica: las dejaba sin comer por días y cuando
estaban débiles las aporreaba y las agotaba en el piso con patadas en la
cara, según la averiguación previa AP/30/2012, en el Juzgado
19 Penal del DF. Después de eso, algunas víctimas entregaban a quien
fuera.
“Lo que hacía era meterme puñetazos aquí en el estómago para sacarme
el aire. Ya cuando no podía respirar me caía, me tiraba al piso y me
daba de patadas. Normalmente traía unos tenis con la plataforma muy
gruesa y ahí me remataba.
“Decía: ‘Si no me dices [qué otro familiar tienes], pues te voy a
matar y voy a buscar a tu familia’. Por eso terminas haciendo lo que
ellos te imponen que tienes que hacer”, recuerda Madai, mientras juega
con sus uñas ahora perfectamente arregladas.
Ya no luce como cuando decía llamarse Karen y vivía aterrada por
entregar una cuota. Una noche, días antes de que la quisieran trasladar a
unos prostíbulos en Nueva York, aprovechó que Jorge no
estaba con ella y escapó con una maleta llena de ropa en un taxi.
Durmió en hoteles, encerrada por días, hasta que pidió ayuda a la
policía y puso una denuncia en la Procuraduría capitalina, donde armaron un expediente con su caso y la llevaron a grupos de ayuda a víctimas de trata.
Ahora viste traje sastre y usa su experiencia para alertar a otras
mujeres sobre los enganches de los padrotes y de las propias
secuestradas. Madai, a los 24 años, es la presidenta honoraria de la Fundación Reintegra,
y desde ahí supo que Jorge tiene una sentencia de 20 años que lo
mantiene en el Reclusorio Oriente y que muchas de sus víctimas ya están
libres, tratando de reconstruir sus vidas.
También sabe que algunas niñas no pueden con el remordimiento de
entregar a familiares y amigos a sus verdugos y que no volverán a sus
casas porque la culpa les quema el pecho.
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