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Dennis.En carne propia
Foto: Eduardo Miranda
Foto: Eduardo Miranda
MÉXICO,
D.F. (Proceso).- Miren, cabrones: vean lo que les puede pasar si no se
ponen las pilas! Este güey se murió por alcohólico, por no entender”, le
decían los padrinos al grupo de alcohólicos en rehabilitación mientras
mostraban el cadáver de su compañero tendido a mitad de la sala.
Se
llamaba Julio C. y era un veinteañero. Tenía pocos días de haber
ingresado a esa granja de rehabilitación situada en un paraje cercano a
la ciudad de Toluca. Llegó muy debilitado. Su carácter levantisco lo
hacía oponerse a la rígida disciplina de la granja. Los padrinos
trataban de corregirlo hasta que se les pasó la mano y lo mataron de una
golpiza.
En cuanto murió tendieron su cuerpo en el piso de la
sala de juntas y llamaron a los demás internos para que vieran el
cadáver. En esa granja –como en muchas otras y en anexos para
alcohólicos– es parte de la terapia grupal exhibir los cadáveres de
quienes mueren dentro.
Dennis S., uno de los internos congregados en torno al cuerpo de Julio, es quien relata la anécdota y recuerda así la escena:
“Las
moscas volaban sobre la cara desfigurada de Julio. Estaba descalzo y
sin camisa. Tenía los ojos en blanco. Cuando llegó a la granja no traía
ni un rasguño. Pero terminó muerto por la golpiza que le pusieron los
padrinos que nos seguían diciendo a todos: ‘¡Miren, cabrones: así
también pueden terminar ustedes!’ Después echaron el cadáver a una
camioneta y se lo llevaron quién sabe a dónde. Ya no supimos más. Nadie
preguntó nada.”
Para Dennis esa muerte no es un hecho insólito. A
sus 34 años ha vivido una década de reclusiones en siete granjas y
anexos a los que fue llevado a la fuerza por sus familiares, quienes ya
no soportaban su alcoholismo. Ahí padeció vejaciones, torturas y
presenció muertes e intentos de suicidio.
Alto, robusto y con los
brazos tatuados, Dennis radica en Ecatepec, Estado de México, donde
intenta reabrir su pequeño taller de motocicletas y rehacer su vida
estropeada por el alcohol. Entrevistado en una oficina de la Central
Mexicana de Alcohólicos Anónimos –institución que lo puso en contacto
con Proceso–, Dennis cuenta sus vivencias en algunos de esos centros de
reclusión.
“A la fuerza”
“Unas tías y unos
primos me llevaron a la fuerza al primer anexo. Lo manejaba Factor X y
estaba en la colonia Providencia, de la delegación Gustavo A. Madero.
Los familiares siempre pagan cuotas de entrada y después aportaciones
semanales. Conmigo se hizo lo mismo. A ese anexo llegué muy borracho. Me
subieron al dormitorio de valoración, donde sólo había un catre de
madera sin colchón y sin cobijas. Ahí me dejaron durmiendo para que se
me bajara la embriaguez.
“Al despertar estaba frente a mí una
persona amarrada con cables. Era un castigado. Sangraba de la cara,
pataleaba y gritaba. Me empezó a mentar la madre una y otra vez. Hasta
que me enojé y empecé a golpearlo. Luego entraron cuatro personas y me
pusieron una madriza a mí también. Después me amarraron. Ese fue mi
recibimiento.
“Al desatarme me dicen: ‘Ahí está tu baño para que
hagas tus necesidades’. Y me entregan un bote de la Comex de 19 litros
para orinar y defecar. Cada interno tenía su propio bote. Había varios
menores de edad. Ahí conocí a un chamaco como de 14 años.
“A la
comida que nos daban la llaman ‘caldo de oso’; puras verduras echadas a
perder que recogen de los desperdicios de los tianguis, revueltas en un
caldo que sabe a tierra. Te tienes que comer tu ‘caldo de oso’ con
tortillas enlamadas. Y si no quieres te mueres de hambre. Ni los perros
comen tan mal.
“En ese anexo había unos 80 internos. Dormíamos
apretados como sardinas y sobre cobijas mugrosas. Ahí se dice que eso es
dormir ‘pito con pito y culo con culo’. Uno no se puede ni mover. Al
levantarte tenías que bañarte con agua fría.
“Y era pura tortura
sicológica las terapias de grupo que te dan los padrinos, conocidos
también como ‘los chicarcones’, gente que dejó el alcohol y te ayuda a
rehabilitarte. Les dices que estás preocupado porque a la mejor tu novia
te va a dejar y ellos te contestan: ‘A tu novia ya se la anda tirando
otro cabrón’. O hablas de tu familia y te dicen: ‘Tu familia no te
quiere, por eso te trajo aquí’, cosas de ese tipo que duelen mucho.
“Los
de factor X son muy cabrones. Te amarran y te golpean si no haces lo
que te piden. Sólo estuve como una semana en ese anexo. Mi padre no
sabía que estaba ahí. Al darse cuenta me fue a sacar. Pero salí y seguí
tomando…”
“Por teporocho”
“Nuevamente mi
familia volvió a meterme en otro anexo que está por la colonia Romero
Rubio y lo maneja un grupo que se llama Comprensión. Ahí había mujeres.
En el día convivíamos con ellas durante las juntas y en la noche hombres
y mujeres dormíamos aparte.
“Para divertirse, los padrinos nos
ponían a hacer ‘patitos’, que consiste en limpiar los pisos con jergas y
con las rodillas dobladas; o hacer ‘carritos chocones’, que es poner a
dos personas en dos extremos y limpiar a toda velocidad el piso hasta
chocar uno con otro. Si protestas te golpean.
“Una vez ‘los
chicarcones’ me dijeron: ‘Valora a este güey que acaba de llegar’. Y me
pusieron a atender a un borracho que llegó con delirios. Yo no sabía qué
hacer. Todos se fueron a dormir y me quedé cuidándolo. Le empezaron a
dar ataques, se le volteaban los ojos y se le engarruñaba el cuerpo,
hasta que murió. Eran como las tres de la mañana. Avisé a los padrinos
que sólo dijeron: ‘Se murió por teporocho’.
“A esas horas, los
padrinos despertaron a todos los internos para reunirnos en la sala de
juntas donde tendieron al muertito para que lo viéramos. ‘Así van a
quedar ustedes si no entienden’, nos dijeron. Los teporochos se mueren
en los anexos porque no hay médicos ni enfermeros, y nosotros no podemos
curarlos de la peda.
“En ese anexo estuve poco más de un mes. Me
escapé un día que vi la puerta abierta. Iba descalzo y salí corriendo. Y
volví a caer en el alcohol. Estaba muy resentido con los anexos y con
mi familia.
“Cuando caí en el tercer anexo ya estaba casado. Fue
mi esposa la que me metió. Le habló a ‘la patrulla enchancladora’, un
automóvil con cuatro personas que trabajan para un anexo y van por ti
hasta tu casa. Me cayeron de sorpresa y me metieron a golpes al carro.
Tuvieron que amarrarme porque opuse mucha resistencia. El anexo al que
me llevaron está por la Vía Morelos, en Ecatepec, y lo maneja el grupo
Reencuentro Conmigo. Es un edificio de tres pisos. Ahí me robaron todo
desde que entré; mi reloj, una esclava y hasta unas arracadas de oro que
me había puesto en los pezones.
“En la tribuna de ese anexo no
hay ninguna coordinación. Contábamos nuestras experiencias sin nadie que
nos guiara. Había muchas broncas entre los anexados.
“A ese anexo
llegó un día mi esposa y me dijo: ‘acaban de robar la casa y estoy
embarazada, ya vámonos’. Ella misma me sacó de ahí porque me necesitaba.
Pero no me compuse. Volví a seguir en la peda.”
“Mi esposa volvió
a meterme en otro anexo. Está en Xalostoc, cerca de mi casa, y lo
maneja el grupo El barco de la sabiduría. Y otra vez a comer el ‘caldo
de oso’, a defecar en un bote y a soportar las golpizas. Lo único bueno
de ese anexo es que te dan de cenar bien; una taza de café y dos piezas
de pan recién traídas de la panadería.
“Ahí nos ponían a tejer
carteras. Decían que era terapia ocupacional. Las vendían quién sabe
dónde. Nosotros éramos sus obreros, pero no nos pagaban ni madres, sólo
un cigarro Delicado sin filtro por cada jornada diaria.
“Un día me
mandaron a tirar la basura afuera del anexo y aproveché para escaparme.
Regresé a mi casa todavía más resentido con mi familia. Les gritaba a
todos, pateaba las puertas y vendía la televisión, el estéreo, el DVD o
lo que fuera para poder seguir tomando. Mi padre me amenazaba: ‘Te vamos
a mandar a una granja en algún lugar aislado para que no puedas
fugarte’.”
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