Foto: Polaris
MÉXICO,
D.F. (Proceso).- El fotógrafo francés Jonathan Alpeyrie pensó que lo
iban a ejecutar. Tenía los ojos vendados cuando sintió en su cabeza la
boca del cañón de un arma. Momentos antes un grupo de encapuchados lo
había bajado de la camioneta en la que viajaba y lo forzaron a
arrodillarse. Era el pasado 23 de abril.
Alpeyrie
había cometido un error: creyó que podía confiar en los guerrilleros
sirios con los que venía. En realidad lo habían vendido. Su fixer
(contacto local que ayuda a un periodista a moverse en el área) y el
comandante de una katiba (pelotón) lo habían invitado a acompañarlos a
una reunión con otros combatientes. En la camioneta, custodiado por dos
hombres más, lo llevaron a un punto de control carretero al sur de
Damasco, la capital de Siria. Ahí los esperaban los encapuchados.
Colocaron
el cañón de un arma muy cerca de su cabeza e hicieron un disparo que le
pasó a milímetros. Le llenaron la boca con un trapo, cerraron esposas
metálicas en torno a sus muñecas y empezaron a golpearlo.
La
traición se ha convertido en una de las mayores amenazas para los
periodistas extranjeros en Siria. Hasta el inicio de 2013 podían tener
la mala suerte de caer accidentalmente en manos de fuerzas del régimen o
de milicias islamistas o de quedar atrapados en una zona que éstos
fueran a capturar. Creían que los territorios controlados por los
opositores, en particular la mitad rebelde de la ciudad de Alepo, eran
relativamente seguros.
Esta percepción cambió el pasado enero con
el secuestro de tres periodistas: el documentalista húngaro Balint
Szlanko, el fotógrafo español Andoni Lubaki y el autor de este texto.
Sus fixers informaron de ellos a los secuestradores y participaron en la
operación de captura.
Los encapuchados que los retuvieron
pertenecían a una brigada del Ejército Sirio Libre (ESL). Transitaron
sin problemas por avenidas bajo vigilancia guerrillera y los encerraron
en un edificio que usaban como centro de detención. Luego los ofrecieron
en venta a uno de sus supuestos rivales: un grupo islamista el cual
declinó la oferta. Robaron el equipo y dinero de los tres periodistas y
luego los dejaron ir.
Desde entonces se han incrementado
severamente los riesgos para los informadores extranjeros. La situación
se complica por una razón: La mayor parte de los periodistas que cubren
el conflicto sirio trabajan por su cuenta y carecen de los recursos
financieros, logísticos y de protección con los que las grandes agencias
internacionales y cadenas de televisión respaldan a sus enviados. Un
seguro médico y uno que cubra secuestros pueden costar 20 mil dólares
por dos semanas, un monto hasta 30 veces mayor que el ingreso de un
periodista en ese lapso.
No existen cifras precisas sobre
trabajadores de la prensa secuestrados pues muchos casos se mantienen en
secreto. La organización Reporteros Sin Fronteras estima que en Siria
hay en este momento 26 periodistas desaparecidos o privados de la
libertad. De éstos, ocho fueron raptados en por lo menos seis incidentes
ocurridos entre el 6 de julio y el 11 de agosto.
Un dato que
añade gravedad al asunto: dos organizaciones dependientes de Al-Qaeda
–Jabhat al Nusra (JAN) y Estado Islámico de Irak y al-Sham (EIIS)– son
las responsables en todos los casos. Sus objetivos no parecen políticos
ni económicos. Consideran que los periodistas son espías enemigos y es
difícil que acepten dinero o concesiones a cambio de su liberación. Hay
que temer por las vidas de los cautivos.
“Nuestro maldito trabajo”
Alpeyrie
estuvo tres semanas en una casa, esposado a una cama, y tres más en
otra, encadenado a una ventana. Luego sus captores le permitieron
moverse dentro del inmueble. Civiles y combatientes lo vigilaban.
Algunos de ellos usaban barba espesa y sin bigote, al estilo islamista. A
veces jugaban con él: apoyaban armas contra sus sienes.
Un día un
muchacho con aspecto de loco quiso asesinarlo porque había ido al baño
sin pedir permiso. Sólo los gritos de sus compañeros impidieron que le
disparara en la cabeza. Tres veces los secuestradores lo acusaron de
pertenecer a la CIA y lo interrogaron. La última vez llegaron con
cuchillos y se pusieron a afilarlos, simulando que los usarían para
cortarle la garganta.
Además le exigían que les enseñara a
utilizar detectores de metales porque querían buscar tesoros escondidos.
Lo forzaron incluso a que los enseñara a nadar. El francés se vio de
pronto en una piscina de agua helada, sosteniendo al comandante que lo
tenía secuestrado para evitar que se ahogara.
Disfrutaba de una
hermosa vista hacia un valle que él conocía por sus anteriores visitas a
Siria. Sabía dónde estaba, pero eso no le servía de mucho. Lo tenían
muy cerca de la línea de fuego y él temía hallarse de pronto en medio de
un combate. El área era bombardeada constantemente por helicópteros y
cazas del gobierno. Su experiencia en las guerras de Afganistán,
Chechenia y Georgia no le ayudaba debido a la falta de movilidad.
“No
sólo estaba cautivo indefinidamente sino que una bomba podría haberme
matado en cualquier momento”, dijo Alpeyrie a Michel Puech, periodista
de Le Journal de la Photographie que lo entrevistó.
Recordó esos
momentos: “Los cohetes caen incesantemente en sus cuarteles y en la casa
donde me tienen. Cuatro golpes. Se acercan… ahora se alejan. Están
ajustando la precisión. Saben a qué le quieren dar. Pegan a 100 metros…
Ahora a 20 metros… Piensas en escapar, piensas en suicidarte”.
Una
de las mayores angustias que padece un periodista es no saber por qué
lo tienen secuestrado. Se puede especular sobre el tiempo probable que
lo tendrán cautivo, si eventualmente lo torturarán, si tendrán algún
interés en mantenerlo sano o si el final será la muerte. ¿Buscan dinero?
¿Hacer un intercambio por terroristas presos? ¿Reivindicar posiciones
políticas?
El martes 6, en un foro privado de internet en el que
periodistas y defensores de derechos humanos discuten cotidianamente la
situación en Siria, las voces de alarma se escucharon con mayor
intensidad.
Algunos participantes advertían a reporteros sin
experiencia en guerras que el de Siria no es el conflicto donde se le
puede adquirir. Les pedían mantenerse lejos. Otros señalaban que no era
lugar ni siquiera para veteranos. Pero “seguiremos yendo porque es
nuestro maldito trabajo”, puntualizó un colega europeo.
El sábado
10 se dio a conocer que un periodista secuestrado había escapado. Su
nombre no se da a conocer porque dos compañeros suyos siguen en
cautiverio y podrían sufrir represalias.
De su caso se extraen dos
inquietantes revelaciones: la primera, que lo tenía secuestrado JAN y
cuando otra milicia, Ahrar al Sham –también islamista pero menos
radical– consiguió que se lo entregaran y prometió liberarlo, JAN se las
arregló para que se lo devolvieran. Esto refuerza la sensación de que
otros grupos rebeldes saben que JAN y EIIS tienen rehenes pero no
quieren actuar al respecto o no pueden hacerlo.
La segunda: aunque
obligaron al prisionero a darles sus claves bancarias para vaciar sus
cuentas, JAN no tenía interés en exigir una enorme cantidad de dinero o
concesiones políticas a cambio de su libertad. Los miembros de este
grupo obtuvieron acceso al correo electrónico del detenido y se hicieron
pasar por él para enviarle mensajes a su familia, asegurando que se
encontraba bien. No querían publicidad, pero seguían reteniéndolo… como a
otros.
En el citado foro privado de internet el representante de
una ONG recomendó de manera informal precaución y prudencia extremas:
“Todos los casos (conocidos de secuestro) permanecen sin resolver y no
queda clara la motivación que tienen. No es necesariamente obtener
recompensas. Estos tipos están hablando de (que acusan a sus cautivos de
ser) espías. El juego ha cambiado radicalmente y si tú eres la
siguiente persona que agarran, es muy probable que te encuentres en la
misma situación. La posibilidad de que un secuestro termine en ejecución
o desaparición permanente es muy real”.
En el foro se sugirió una
medida: no conformarse con el apoyo de un fixer y ponerse bajo la
protección de una katiba del ESL. El riesgo, señalaron algunos
participantes, es encontrarse con una katiba de JAN o EIIS mejor armada.
O como le ocurrió a Alpeyrie, que el comandante “amigo” venda al
periodista.
Sin embargo el fotógrafo contó con ayuda: no sólo lo
buscaban los servicios de inteligencia de Francia y Estados Unidos,
también “poderosos amigos” del vecino Líbano, bien conectados en Siria y
que, según parece, resultaron más eficaces. Descubrieron dónde se
encontraba y qué grupo islamista lo tenía. Gestionaron su liberación a
cambio de una recompensa.
Alpeyrie no sabía nada de esto cuando
sus captores lo llevaron ante un líder local, quien a su vez lo entregó a
unos hombres que lo pusieron en una cárcel del régimen sirio. Así, el
francés pasó de las manos del ESL a las de sus rivales islamistas y de
éstas a las de sus enemigos: las fuerzas del gobierno; un juego que
revela una parte del caos de esta guerra y de las extrañas relaciones
que se establecen y se rompen entre los distintos actores.
De la
prisión del dictador Bashar al Assad, sus nuevos captores lo trasladaron
a una lujosa villa propiedad de un hombre de negocios que era leal a
Assad y estaba protegido por un ejército privado de matones. Él organizó
una operación para introducirlo clandestinamente a Líbano. Así llegaron
a un apartamento en Beirut donde había que esperar “algo”.
En una
ocasión sus custodios salieron a fumar. Alpeyrie aprovechó para
escabullirse. Sólo trató de impedírselo una mujer que hacía la limpieza.
Y se halló entre el tráfico de la capital libanesa. Pudo comunicarse
con su embajada y dos guardias lo rescataron. Era 20 de julio. Había
pasado 81 días secuestrado.
Alpeyrie reveló cuánto se pagó por su
rescate: 450 mil dólares. En el foro privado sobre Siria esto sentó muy
mal: fue como crear un tabulador para futuros secuestradores. Un
periodista resumió: “Ahora todos tenemos un precio”.
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