martes, 20 de julio de 2010

PEQUEÑO MILAGRO


Columna: Déjame que te cuente…

Por Sergio M. Trejo González

Me habían platicado mucho de la trascendente emoción que se vive cuando se llega a la etapa de abuelo. Realmente cualquier idea resulta pequeña con la realidad. Es necesario llegar a esto, que no tiene definición, para sentir algo inédito u original. Abuelo es un especial revoltijo de sentimientos: alegría, preocupación, temor, ansiedad y nerviosismo. Aun cuando necesariamente se hayan vivido las circunstancias propedéuticas de un embarazo y el alumbramiento de los hijos, nada comparable con la impresión real, precedida de los momentos previos al parto de un nieto para comprender la gama de sensaciones singulares que invaden al abuelo, que de alguna manera ha vivido condiciones algo o mucho delicadas que sabemos pueden ocurrir… cuando todo sale bien quisiera uno gritar al recién nacido: “Bienvenido al mundo pequeño milagro… Si el amor es tu origen, es tu meta conseguirlo. Encomiéndate a tu estrella y ponle rumbo a tu ilusión…” Desea uno gritar pero se aguanta, hasta confirmar que todo está bien… y se aguanta. Todo se reduce a un espiritual e íntimo: Gracias, Señor. La diferencia del nacimiento de un hijo al nacimiento de un nieto estriba en que somos más ágiles y espontáneos, me lo definió mi hermano con la simpleza más llana… “es igualito que tu, nadamás que nuevo”. Tal sentencia cargada de buen humor no había sido pronunciada por nadie con tanta profundidad, en ninguno de los nacimientos de los sobrinos. Mire usted que todos los hermanos tenemos al menos un hijo que es idéntico, casi un clon. Cavilé acerca de tal expresión inmarcesible y la comparo al principio perenne de todos conocido: “como te ves me vi, como me ves te verás”. Tiempo, forma, espacio, la vida. No sé, tal vez porque mi querido hermano ya huele a abuelo y eso lo ha sensibilizado en estos menesteres, aunque debo reconocer que siempre ha sido un hombre muy cariñoso y apapachador con los bebés, quizá por su vocación de médico o porque resulta un sentimental empedernido cada vez que contempla ese milagro maravilloso… o, tal vez porque se va uno haciendo viejo y se comienza a percibir las horas del tiempo, oscuras del atardecer, cuando todo se hace misterio y añoranza. Se aprecian ahora claramente, las melancólicas y lánguidas notas del violín, el sax, o del viejo acordeón, que al viento expone sus glosas tristes de otra estación; se aprecia, también con agudeza, el onomatopéyico “buaaa” del llanto poderoso de una criatura que al mundo llega. Difícil traducir todo lo que deriva de ese vínculo tan especial que liga a un abuelo con sus nietos, relación que, diría alguien, le permiten al abuelo ejercer esa gozosa paternidad irresponsable. Irresponsable porque a los papás les toca la tarea de educar, de corregir y a veces aún de castigar a sus hijos. Y en cambio el abuelo tiene un amor sin condiciones, un amor sin reservas. Es un amor puro de risas, ternura y emociones, que se resume en el sentimiento de quien parafrasea: “Si hubiese sabido antes lo que es ser abuelo, habría tenido primero a mis nietos y luego a mis hijos”.
Conste que escribo todo esto bajo los acordes de aquella vieja canción de don Francisco Gabilondo, que tantas veces escuchaba en su programa de las 7 de la mañana… justo tiempo para salir corriendo a la escuela primaria, hace un par de docenas de años…Toma el llavero abuelito (la versión masculina es aportación personal) y enséñame tu ropero. Con cosas maravillosas y tan hermosas que guardas tú. Toma el llavero abuelito… Prometo estarme quieto,y no tocar lo que saques tú… lo recalco, solo es para la búsqueda de esa musa necesaria para estos avíos, a sabiendas que mis amigos, todos jóvenes y apuestos mancebos que no rebasan los cuarenta (años de cárcel) me harán levantar protesta o solicitar amparo federal, enérgicamente (coff, coff) por ingresar de manera malinterpretada al mundo de los “guangolitos”. Ser abuelo no significa que la flor de mi juventud deba marchitarse prematuramente, pero ¡ni modo! me toca a mi hoy caracterizar a este personaje recio y maduro y ¡acepto! incluso si debo, y resulta indispensable, pintaré rayitos y reflejos a mis sienes para buscar obtener ese aspecto de “viejo” temprano y precoz…
Termino el ensayo en el comentario de que un amigo me cursa una singular misiva, a propósito de mi primer nieto, Humberto Gómez Trejo, nacido el pasado día 6 de julio, debidamente presentado en la oficina del registro civil de esta ciudad, para los efectos que haya lugar, y para salir de la inquietud que apaleo, me permito medio transcribir sintetizada, toda vez que contiene elementos muy hermosos que vale la pena subrayar… ¿Los nietos son unos hijos más? NO. En los nietos se alarga la vida hacia unos límites de amor que no se soñaron. Los hijos fueron el testimonio. Los nietos la confirmación. Por eso se quieren tanto. Por eso son el juguete espiritual de la edad mayor. Un nieto es un anhelo convertido en realidad: A él le damos los besos que tal vez no le dimos a los hijos. Y ellos nos dan los besos que quizá ya nadie nos da. Allí se reedita la juventud y el corazón palpita vigorosamente como si fuera un corazón adolescente... Con un nieto en los brazos tenemos al hijo y tenemos la juventud que se nos quiso escapar un día. Tenemos el amor verdadero que nada pide y todo nos da. Con los nietos se revive la historia del amor... y el alma vuelve a florecer. Los nietos son la fortuna de los años de la sensatez. Con los nietos se vuelve a amar a los hijos y se ama mucho más...

No hay comentarios:

Publicar un comentario