Por José Luis Ortega Vidal
(1)
La elección de Presidente de la República en México ha
concluido.
Andrés Manuel López Obrador -el candidato que obtuvo el segundo
lugar en la contienda- lo sabe y lo admite.
Tres días después de que Enrique Peña Nieto se convirtió en el
primer priista en ganar la Presidencia del país en las urnas y sin ninguna duda
legal, el anuncio de AMLO en el sentido de que llevará su pugna electoral al
terreno judicial significa –en esencia- su manejo del escenario de daños.
El día de las elecciones, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano -ícono
de la democracia en México y líder moral del PRD- declaró que no veía
condiciones para un fraude.
Dicho en otros términos: Cárdenas Solórzano “se abrió”.
Cuauhtémoc se sabe un político histórico, hijo de un personaje
histórico y así se quiere despedir de la vida pública: con el prestigio que da
la medalla Belisario Domínguez.
No obstante, en el terreno real, en la política de carne y
hueso, Cuauhtémoc Cárdenas ya no es quien mueve al perredismo.
El PRD agrupa a un sinnúmero de izquierdas, de todo tipo:
radicales, moderadas, demócratacristianas, comunistas, belicosas, ideológicas,
pragmáticas, herederas de la lucha obrera, honestas, ex priistas de la vieja
guardia, chambistas, petistas, ex convergentes, morenas, etcétera.
Estas izquierdas son las que mueven a la masa electoral que
alimenta al PRD, básicamente en el sureste de México.
Estas izquierdas apoyaron a Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y vieron
cómo el PRI les arrebataba el triunfo legítimo que les dieron los electores.
Luego, en el 2006, se sintieron en el poder y fueron testigos de
cómo una guerra sucia mandó a Andrés Manuel a la derrota con un dudoso e
increíble 0.5 de diferencia en el conteo oficial de votos, frente a Felipe
Calderón Hinojosa.
Hoy, esa izquierda que sólo ha estado en el poder durante un
sexenio: el de 1934-1940, con el general Lázaro Cárdenas del Río, no puede
creer que habiendo obtenido un millón de votos más que en 2006, vuelven a
perder.
Sin embargo, la política no es un asunto de creencias.
En la política se gana contando votos; se hayan obtenido como se
hayan obtenido.
(2)
Andrés Manuel López Obrador es un político necio.
En eso, justamente, radica su éxito y paradójicamente en eso
consiste una de sus debilidades importantes.
Sin embargo, AMLO no es un tonto. Es un hombre inteligente y
conoce la historia de México.
Los socios de AMLO no le permitirían aceptar una derrota así
como así.
Y ellos son su patrimonio político.
“El Peje” no planea irse “a la chingada” ni al rancho de su
hermano en Tabasco, como afirmó que haría en el caso de perder.
Sabe que perdió pero está construyendo su futuro político.
Un conflicto postelectoral no cabe en el México del 2012.
Una nueva toma de calles, otro bloqueo y más agresividad como la
que mostró en el 2006, simplemente lo hundirían.
La lucha judicial es la mejor arma que ha encontrado para
justificarse ante los seguidores que representan su futuro.
El escenario se presta porque perdió por una cantidad razonable
para mostrarle a un juez que hubo irregularidades en los comicios.
El juez le dirá que sí las hubo pero son insuficientes para que
hayan influido en su derrota y AMLO regresará ante su gente y les dirá: “ya
ven, debemos seguir luchando porque en este país no hay democracia, bla, bla,
bla…”
Eso es lo que viene y a partir de esta circunstancia López
Obrador observará el arribo de Enrique Peña Nieto a “Los Pinos”, no tendrá
argumentos para decirle “espurio”, pero conservará el liderazgo de una parte de
las muchas izquierdas mexicanas.
(3)
Desde esa trinchera trabajará otros seis años.
La candidatura de las izquierdas en el 2018 quizá no será suya.
Lo más probable es que sea para Marcelo Ebrard; pero AMLO aspira a vivir aquel
momento y ser protagonista.
En eso está trabajando “El Peje”.
Cuauhtémoc Cárdenas morirá con una medalla Belisario Domínguez
que orgulloso le mostrará al “Tata” en el cielo.
Andrés Manuel aspira a morir con el reconocimiento del necio que
contribuyó al arribo de la izquierda al poder; aunque haya sido el necio que en
el 2006 lo impidió.

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