Columna: Déjame que te cuente…
Por Sergio M. Trejo González
Aunque no voy seguido a los partidos de futbol, me considero un aficionado regular al deporte del balompié. Vivo enterado de algunos pormenores, tanto del futbol nacional como de la integración y los encuentros de la selección nacional.
Me gusta pues, asistir a los choques deportivos, sobre todo cuando se trata de la disputa por los primeros lugares o la última etapa de un torneo. Así pues, enterado de que el pasado jueves por la tarde tendría lugar una final más de un campeonato organizado por la liga empresarial que promueve Juan Cumplido Linares, con el respaldo de su amable esposa la señora Silvia Pavón, tomé la decisión de asistir al encuentro donde se enfrentarían los pupilos de Emilio Aché, con el equipo de Aníbal Bermejo y Rubén Velasco: “Café con Leche”. Existía cierta mortificación en la atmósfera, dado que los “grueros” habían perdido las dos últimas finales, quedándose en el segundo lugar. Me dije: “No va a quedar por falta de mi apoyo”. Ahí voy, la tarde del jueves pasado, portando el banderín vieeeejo del equipo de las grúas, superando la vergüenza de ver como iban cayendo durante el primer tiempo, 3 a 0 era el marcador que llevaba el partido hasta el medio tiempo, del dichoso partido; con un manojo de hierbas para limpia: Albacar, jarrilla, ruda, pirul, y epazote, y con los amuletos curados (ojo de venado, herradura) que había mandado traer de Catemaco, para que la mala vibra se ahuyentara de nuestra portería en esa víspera del primer viernes de este marzo del 2012.
La cancha estaba de bote en bote, la gente la gente loca de la emoción, y del coraje. Con gritos desesperantes de la porra de grúas, que llegaban al insulto, alcanzando incluso el honor y la moral de alguna dama esposa y ama de casa que nada tenía que ver con el partido pero que, en la vorágine de esas pasiones, salió a relucir como propietaria de cacorros ligeros… en que cosas se involucran las madres y las consortes de los árbitros y de los jugadores por andar corriendo tras un pinche balón; en fin, son cosas que se dicen y que uno escucha pero que debemos ignorar y pasar por alto como elementos accesorios de “El juego del hombre”. Todo porque en el terreno se había incluido a un jugador, de manera ventajosa por parte de “Café con Leche”. El ariete Carlos Clara Amador, había hecho lo que le daba en gana en la media y en la defensa de Grúas Aché. Vinieron las protestas airadas del medio tiempo y el clásico “hubiéramos”, hasta que por fin salió la casta, el coraje y se pusieron a jugar pasando por encima de la habilidad del mencionado cachirul, habilitado por el consentimiento de los representantes de ambos equipos y por la organización del torneo. Todo hubiera terminado en drama de no ser porque los pupilos de Aché remontaron el marcador de manera sorprendente, como si les hubieran dopado, quiero pensar que fue producto de algún sortilegio que inspiró a los jugadores para que aflorara su calidad deportiva. 1, 2, 3, y 4 zambombazos, bastaron para que el rictus del fracaso desapareciera de los rostros de la porra de Grúas. Ganaron 4 a 3. Después vino la taquiza. 1, 2 3, 4 y hasta ocho de maciza, de lengua, de sesos y de suadero. Cuando pedí 6 taquitos para el contador de la empresa de las Grúas, Martin Carmona González, me dijo el paisa, encargado de preparar y reparto de la cabeza, que ya se había agotado la existencia (porque no se qué embarazada había pedido órdenes industriales del platillo típico mexicano).
Una que dos chelas y todo el susto y la calamidad pasó al olvido. Grúas Aché recibió su trofeote ante la tristeza de los futbolistas de “Café con Leche”, quienes todavía recibieron el saludo de la porra, que en el colmo de la celebración gritaron a coro: “Gracias por participaaaaaar”.
Termino mi calumnia enviando un respetuoso saludo y felicitación a los dos equipos que disputaron el encuentro final, y por supuesto a todas las escuadras que hicieron posible la celebración del torneo, significando que ciertamente “La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana”, que nada como el éxito; sin embargo para levantar victoriosos la mano debemos entregar siempre nuestro mayor esfuerzo y constancia. Hoy la suerte y la fuerza estuvo navegando en ambos lados: unos salieron con el mayor de los ímpetus pero les faltó temple, perdieron el humor para sostener el ritmo, los otros solamente aprovecharon el desconcierto, se aplicaron y vino la voltereta.
Lo tenían, era suyo pero… lo dejaron ir.

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