Por
Sergio M. Trejo González.
Hace
algunos años leíamos del maestro, don Ángel Leodegario Gutiérrez Castellanos,
algunas lecciones sobre la dignidad con que se debía conducir un comunicador.
El señor licenciado “Yayo”, aun cuando conocía los recovecos del poder, fue
también víctima de las acometidas de la represión y de la intolerancia. Su
compañera, doña Yolanda, habrá de recordar la persecución canina y bárbara que
le dedicaron las huestes poderosas de quienes salían lastimados con su opinión
valiente. Tiempos de don Patricio Chirinos y esa mala compañía.
Desde
años antiguos las relaciones entre el poder y la prensa han sido tortuosas,
perversas, y manoseadas. Así el periodismo resultante se ha caracterizado por
una ausencia de espíritu crítico, por un pobre análisis de fondo y por estar
dirigido al gobierno o líderes de opinión y sólo de manera muy ocasional a la sociedad
civil en su conjunto. Las cosas, para los periodistas, han cambiado un poco pero
son las mismas. No es una contradicción si apelamos a las perogrulladas y a los
sofismas… todo es según el color del cristal con que se mira.
Pero
bien, el señor Gutiérrez significaba muchas veces que una cosa es vender la
fuerza de trabajo y otra muy diferente resultaba vender la conciencia. Ángel
Leodegario “Yayo” Gutiérrez Castellanos, propietario y director del diario
Política y de El Diario del Sur, ejerció constantemente la denuncia
periodística que irritaba e incomodaba. Yayo se sostuvo siempre, sin consentir
las presiones del poder cuando el poder era enérgico, prepotente y absoluto.
Dictaba sus lecciones con ejemplos de valor inteligente, cediendo sin perder la
dignidad. No despedía a quien le demostraba juicio y lealtad. Nunca le cerró la
puerta a quien lo único que buscaba era que se le escuchara. Lo recuerdo muy
bien ahí en sus oficinas de palacio de Gobierno y las de la calle Revolución,
en la capital del estado, donde siempre me recibió amablemente: ”Lo que tú quieras decir, Sergio, tienes las
páginas del periódico…” Te brindaba su opinión y el consejo y te concedía
espacio para expresarte. Dejaba pues que la válvula se aflojara, previa
reflexión, para que no explotaras. Coraje y mesura para que no te rompieran el
hocico. Así era y así lo conocí, en sus caviles interminables que plasmaba en
sus columnas y formaba sabiamente a esos monstruos del periodismo veracruzano
como Pepe Valencia, Gustavo Cadena Mathey, Arturo Reyes Isidoro, Gustavo
González Godina, a Salvador Muñoz y vio pasar a gente como Regina Martínez -una
especie de “última de las mohicanas” en el periodismo jarocho-, dijera otro
catedrático del periodismo, don José Luis Ortega Vidal, quien por algún
fenómeno mimético, me parece adquirió (tal vez por ocupar algunos espacios del
señor Gutiérrez) reflejos de la cultura y el profesionalismo de este señorón.
Debieran las sentencias de don Yayo ser doctrina para quienes detentan el
cuarto poder en la actualidad.
Ayer
contemplaba en uno de tantos sitios de campaña, una tropa de periodistas
preocupados por las miserias del chayote que se repartía. Eso no es grave. Lo
delicado es la forma en que se colocan esa mordaza quienes ya no podrán cumplir
cabalmente con la función de informar objetivamente. Ya no podemos confiar en
la orientación cívica de quienes comprometidos propagan el discurso barato como
“propuestas integrales de campaña” de los candidatos suspirantes a las diversas
representaciones que están siendo sorteadas, para la gran rifa del próximo
primero de julio.
Algo
más peligroso aun: la falta de indignación y solidaridad de los periodistas en
estos tiempos de grave amenaza a la integridad física. Pareciera que lo único
importante en nuestra sociedad es la presencia de las candidatas y los
candidatos, que con su carita de “yo no fui”, cautivan a un electorado lelo.
En
fin, mi rollo es que, precisamente, dentro de 30 días estarán de fiesta los
periodistas del país, cuando todavía no se borran las manchas de sangre de los
periodistas veracruzanos asesinados a últimas horas. El próximo 7 de junio
estaremos brindando por la LIBERTAD DE EXPRESION. En tal contexto resulta
menester analizar brevemente la condición en que los medios van refiriendo el
desarrollo de las campañas políticas de los diversos candidatos, aspirantes a
ser votados el próximo día primero de julio. La obligación del periodista no es
conseguir solamente convenios de difusión de boletines y mensajes, sino ser la
voz de quienes no pueden decir nada. Es buscar la verdad que cuando se calla o
la acallan o la censuran o la autocensuran o la maquillan. Eso es todo, menos
verdad. Una verdad viciada es primordialmente una ficción, un cuento, una
mentira.
Ser
periodista significa algo más que publicar hojas de prensa, para cumplir
compromisos económicos. Cierto que puede cualquiera pagar para significar en
las páginas de los periódicos su desarrollo social o la perorata insustancial
que se lleva y trae por barrios y colonias, en claro proselitismo político. Pero eso no tiene nada que ver con la opinión que
se recoge entre los patios y en los mercados o en el café o en el parque.
La
única independencia que contemplo a un mes del día de la libertad de Prensa es
que todavía puedo reunirme con mis amigos para discernir la manera de difundir
por los corredores y las banquetas el
verdadero sentimiento de nuestros vecinos respecto a la manera como se
manejan las campañas, sin propuesta alguna, tan solo para cumplir la
escenografía de un Estado democrático. Creo sinceramente que los periodistas
deben evitar sus filiaciones o preferencias partidistas o hacerlas menos
evidentes, que el interés fundamental sea cada uno de los mexicanos y no los
partidos políticos. De lo contrario, los diarios seguirán teniendo menos
lectores, las formas más estúpidas de la televisión triunfarán, los programas
radiofónicos más enajenantes dominarán y de esta manera los medios no serán una
gran aportación al cambio democrático que desea una sociedad. Y, lo más
importante: en tanto no se acabe la censura y quede una razonable e inteligente
libertad de crítica a los personajes públicos y a las situaciones que lo
ameritan, no podremos avanzar como sociedad.
Afortunadamente
podemos en el papel de poeta o de loco,
continuar en la ilusión de arañarte con mis letras la conciencia…”hasta sangrar
tu indiferencia que te ahoga, en la boñiga donde quieren mantenerte; no es cosa
de mala suerte que tu familia no pueda asistir a las escuelas oficiales donde
no ya no caben porque el presupuesto se invierte en compra de votos. No te
quejes entonces cuando contemples a tus hijos buscar, con un título profesional
en la mano, un trabajo temporal y mal pagado, en la impotencia de que nació
marcado para servir de suela. No te golpees el pecho si después, sufres el
improperio de la indiferencia. No des la espalda que es más terrible en el ser
pobre no en si la carencia, sino buscar a quien tú crees que está contigo y no
encontrar a nadie”.

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